La importancia del agua en Al-andalus (embedding)



"Buena parte de la historia de la Península Ibérica está protagonizada por los más de 300 años de presencia musulmana. Conocido genéricamente como al-Ándalus, el territorio ocupado bajo poder musulmán durante la Edad Media se convirtió poco a poco en un reino propio (aunque posteriormente en varios), independiente del poder administrativo y la influencia política de Oriente, aunque la misma unidad espiritual y moral, y con una sólida identidad geográfica, religiosa y cultural. Esta realidad histórica ha llegado hasta nuestros días, destacando entre otros aspectos la influencia del idioma árabe, la herencia administrativa, un rico patrimonio artístico, usos de la vida cotidiana y, en el campo que nos interesa, una mejora en las tecnologías, gestión y distribución del agua, sobre todo en términos de regadío" (Trillo, 2006, p. 2).


El agua en el Islam

Efectivamente, la gestión y distribución del agua en al-Andalus no era ajena al hecho de su pertenencia
al conjunto de Dar al-Islam. Esto quiere decir que normas islámicas, aparte de costumbres locales, afectaban a la manera de organizar el que sin duda era el bien más preciado de la naturaleza para los musulmanes. En el Corán puede observarse que es el principio más importante del Universo. Así, el trono de Dios está en el agua en el momento de la Creación: “Él es quien ha creado los cielos y la tierra en seis días, teniendo su Trono en el agua” [Corán, XI, 7]. 

Es también un elemento en el que se expresa la omnipotencia divina, ya que Dios puede dar agua y hacer de la tierra un oasis, un vergel, o puede quitarla convirtiéndola en un desierto: “Él es quien envía los vientos como nuncios que preceden su misericordia. Hacemos bajar del cielo agua pura, para vivificar con ella un país muerto y dar de beber, entre lo que hemos creado a la multitud de rebaños y seres humanos. La hemos distribuido entre ellos para que se dejen amonestar” [Corán, XXV, 48-49].



Normas hídricas

Las normas que regían en el mundo musulmán la propiedad y gestión del agua seguían un criterio islámico pero también respetaban las costumbres locales. En los siglos VIII y IX es cuando el derecho aparece codificado en sus líneas principales, así como las diferentes escuelas coránicas. En al-Ándalus, como en el resto del Occidente islámico, va a ser el rito malikí el principalmente aplicado en la interpretación de la ley.

Estas reglas seguían varias pautas, de las cuales las más importantes parecen haber sido dos: el caudal y el trabajo realizado para la captación o conducción del agua. De esta forma, en los grandes ríos el agua pertenece a todos, mientras que en los pequeños hay limitaciones. Si no necesitan construcción de presa para elevar el caudal tienen prioridad en su utilización los ribereños, aunque un tercero puede usarlo sin perjudicar a aquéllos. 

En los sistemas hidráulicos que necesitan la realización de obras para la captación del agua, como qanat/s, pozos, minas, y ciertas fuentes, puede haber propiedad particular. Esta se encuentra, no obstante, limitada por la obligación de cumplir con el derecho de safa o de dar de beber a hombres y animales que lo necesiten. Igualmente, la sobrante debería ser entregada para los regantes que la precisaran, no existiendo un acuerdo entre las distintas escuelas coránicas sobre si, en este caso, es aceptable la venta.



Sobre las acequias y su importancia

Para comprender el funcionamiento de una acequia dentro de una ciudad andalusí tomaremos como ejemplo madina Garnata, convertida en capital de la taifa gobernada por los ziríes desde los primeros años del siglo XI. Quizás el hecho de que la red de aljibes urbanos se haya mantenido en funcionamiento en el Albayzín, seguramente su barrio más antiguo, hasta la actualidad nos ha permitido conocer con detalle cómo era la organización del agua en una ciudad andalusí. Aquélla tiene a la vez funciones de suministro urbano, defensivas y simbólicas.

El traslado de la capital de la kura desde madina Ilbia (a 11 kilómetros al oeste de Granada) madina Garnata ocurrió con los beréberes Sinhya, bajo el rey Zawi (1012-1019). El motivo parece haber sido la falta de protección de la primera y la seguridad que ofrecía el cerro donde estaba la segunda. Pero Granada no era todavía una ciudad, sino un lugar fortificado (hisn o ma‘qil). Fueron precisamente los ziríes quienes la configuraron como una auténtica madina al dotarla de alcazaba, mezquita mayor y murallas. Por supuesto el traslado de la población tuvo que ir acompañado de un suministro hidráulico permanente. Este fue proporcionado por la acequia de Aynadamar, que nace en la fuente homónima a unos 10 kilómetros de Granada, de una resurgencia de la Sierra de la Alfaguara, y es conducida, en dirección sur hacia la capital granadina. 

Dicho canal parece haber tenido como primer objetivo llenar el aljibe situado en este palacio, cuyo nombre es especialmente revelador, ya que se llama aljibe del Rey y también al-Qadim, el viejo. Esto, junto con el hecho de que su capacidad, con 300 m3, supera casi en el doble la de cualquier otra cisterna en la ciudad, nos hace pensar que estamos ante el núcleo original y central del sistema hidráulico urbano de Granada. Desde aquí, diversos ramales llevaban el agua hasta otros aljibes diseminados por la colina del Albayzín. ¿Quería significar esto que era el rey zirí quien daba el agua a la ciudad?



Trillo, C. (2006). El agua en al-Ándalus: teoría y aplicación según la cultura islámica. Tecnología y ciencias del agua. Agua y culturas. 2-10.  https://www.ugr.es/~ctrillo/Revista%20Tecnologia%20Agua.pdf




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